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De la VIVIENDA COLECTIVA a la EDIFICACION EN ALTURA en Valparaíso

2-Oct-2013

En los archivos Wiki de la Escuela de Arquitectura de la PUCV se puede acceder a un interesante estudio realizado por los alumnos de 4to año acerca de la vivienda colectiva en Valparaíso, el cual identifica – entre otras – un tipo de edificaciones llevadas a comienzos del siglo XX, conjuntos de vivienda colectiva que respondían al auge de población y la falta de suelo existente en el asolado plan porteño, post terremoto de 1906.

 

Estos edificios tenían la característica de ir emplazándose en medio de laderas, en el pie de cerro y entre calles en distinta altura, materializando la gran proeza constructiva que en su momento significó para arquitectos y constructores la aplicación de técnicas constructivas propias de la ingeniería portuaria, combinadas con los ajustes espaciales impuestos por la topografía. En efecto, coincidió en esa época la construcción del molo de abrigo, el espigón y la consolidación del malecón, obra gigantesca y de enorme impacto urbano que debió haber revolucionado el ambiente ingenieril y animado las conversaciones de constructores y arquitectos.

 

De esta manera, los constructores propiciaban la consolidación definitiva de los terrenos mediante un ajuste de niveles en base a muros de contención distintos a los de los loteos fundacionales previos, hechos con mampostería en piedra en forma de taludes inclinados, ya que esta vez se trataba de muros verticales, con la impronta portuaria basada en nuevas tecnologías como la entibación de grandes perfiles en fierro y el uso del hormigón.

 

Estos muros generaban nuevas posibilidades para lograr circulaciones más eficientes, mejor asoleamiento, mayor superficie útil subterránea y todas las medidas para lograr un buen uso por parte de la comunidad que allí residiera. En algunos casos esto se resolvía con mayor o menor maestría, pero en todos se podrá presumir que los agentes inmobiliarios de la época y sus asesores técnicos respondían con inusitada energía y gran imaginación y confianza en su visión emprendedora, sus capacidades técnicas y en el clima de vanguardia imperante para levantar estos magníficos edificios.

 

Los ejemplares que se alcanzaron a levantar sirvieron para radicar poblaciones obreras o de funcionarios que sin duda pasaron a ser parte importante de la historia del tejido social porteño, a partir del tipo de convivencia que se fue dando en las comunidades que allí habitaron, además de su aporte a la arquitectura vernacular del puerto.

 

Ahí están aún en pie: el Conjunto Favero en el cerro Florida; el Clave o Santa Inés, en el cerro Cordillera; Montgolfier, en el cerro Panteón; el Daneri, en el cerro Cárcel y el Bavestrello, en el cerro Alegre.

 

Fueron, además de la solución habitacional de la época, una de las apuestas urbanísticas más interesantes, por haber generado, tal como lo señala el Profesor Manuel Casanueva en su libro “El Barrio Acantilado”, modelos de barrios a partir de partidas únicas: "...participar del acantilado y no darle la espalda ni de negarlo, mediante la construcción de un chasis estructural que logrará la unidad entre la edificación y muro y viceversa", lo que generó un aporte a la densificación y la conformación de comunidades en sectores complejos para el asentamiento urbano como son las laderas y quebradas de los cerros.

 

Respondieron a un fenómeno de poblamiento de la ciudad que significó la definición de un “grano” tipológico a partir de un escalonamiento arquitectónico en el anfiteatro porteño.

 

Hoy este fenómeno de repoblamiento, con sus complejidades, virtudes y defectos, tiene a gran parte de la comunidad en alerta, ya que la respuesta al fenómeno de densificación, dada la tecnología actual, las condiciones del mercado inmobiliario y la normativa imperante, es la edificación en altura.

 

Hoy se aprecia un interés por volver a ocupar la ciudad y su centro histórico considerando su puesta en valor no solo a partir del factor turístico o cultural si no que al representar una alternativa real para el inmigrante de regiones o extranjero que quiere ser parte del desarrollo de la macro región central de Chile, pero no necesariamente teniendo que ir a dar la pelea a la Capital.

 

Ahora bien, a pesar que en todas las ciudades de Chile el fenómeno de densificación urbana es equivalente a la edificación en altura, en Valparaíso gracias a la modificación a la normativa del Plan Regulador Comunal del año 2004, en términos de vivienda esta nueva demanda se cubre con la aparición de dos modelos, los edificios de menor tamaño que se emplazan en la Zona de Conservación Histórica (ZCH) y las torres, fuera de la ZCH.

 

El primer modelo – comparable en términos de tipología al de los viejos cites - no solo implica diseños que deben ajustarse a las condiciones naturales o topográficas, sino que además a la normativa imperante que fija restricciones no siempre claras como el concepto de “co propiedad del ojo”, con lo cual entran en juego las limitaciones para el agente inmobiliario, obligando a una adaptación al máximo del diseño del edificio y en consecuencia de su adaptación única al suelo y al entorno y por ende a su originalidad.

 

El segundo modelo, el de la edificación en altura, por el contrario, implica un diseño que minimiza el riesgo al máximo logrando alta rentabilidad mediante un proceso de inserción en base a la repetición sin escala, ubicuo y cuya desproporción atenta no solo con el paisaje al romper el orden de ocupación del Valparaíso cerros, sino que con la esencia de sus barrios, que en Valparaíso se traduce en un bien urbano “existencial” referente al resguardo de un tráfico particularmente frágil y a la conformación de un radio contenido de interacción, en el que se saludan los vecinos, se distinguen y a la vez co habitan distintos grupos sociales, esto es, la vecindad.

 

"La vecindad" tan propia de las tipologías de edificios y cites de principios del siglo XX, así como de las nuevas edificaciones en la ZCH, se da por el hecho de ser conjuntos de viviendas cuyos atributos espaciales logran la generación de espacios de retención, con espacios abiertos, de desahogo, como son los patios abiertos, las terrazas, las escaleras, pasajes, umbrales. Manuel Casanueva indica que para que exista barrio, debe haber retención y terminalidad. Finalmente esto tiene que ver con la identidad que va conformando a cada conjunto de vecindades para configurar un barrio. Todo lo contrario a la tugurización que generan las torres.

 

El problema de Valparaíso, es que en su esforzado intento por recuperar su casco histórico, el lógico propósito de densificación ha gatillado un proceso gentrificatorio, un desplazamiento de habitantes cuyo destino inevitable pareciera estar en las edificaciones en altura de menor costo que se levantan en las zonas no protegidas de la comuna, como un ¨second best¨. 

 

Las torres acaparan así buena parte de los compradores de departamentos que perfectamente podrían reinsertarse en los nuevos conjuntos de menor escala que poco a poco y en consonancia con la vivienda colectiva citada que configuró esta ciudad, se han comenzado a levantar. En ese sentido, sería pertinente un subsidio para la construcción de viviendas que requieran el escalonamiento y consolidación de terrenos, ya que dicha operación implica un costo adicional que incrementa el valor final de los departamentos, haciéndolas inalcanzables para un gran número de habitantes residentes, convirtiéndose en una oferta ecluyente que acapara el mercado de segunda vivienda.

 

En consecuencia, surge un factor de rechazo de una parte de la comunidad local que se opone a la construcción de nuevas edificaciones en sus barrios, porque ven amenazadas las condiciones del tejido social original, producto del efecto en la especulacón de los valores de suelo que en el entorno produce la aparición de estos modelos de inversión. 

 

Este empoderamiento ciudadano puede estar mal enfocado al confundir los impactos de estos edfificios que replican un modo de densificación, distinto en su efecto inmediato al de los viejos cités, pero tipológicamnete muy similares y por lo tanto mucho mejor integrados a la ciudad que la edificiación en altura.

 

Se ignora aquí la esencia de la normativa, la negación a ultranza ante nuevas construcciones desacredita la propia gestión barrial, dado que existe en éstos proyectos una oportunidad para recuperar los entornos mediante la organización de vecinos. Comenzar con la comprensión del espíritu de la modificación al Plan Regulador que crea la ZCH (2004) y acuña el concepto de ¨co propiedad del ojo¨(concepto abstracto y muy poco práctico). 

 

Cuando el empoderamiento se basa en el conocimiento del territorio y su normativa, en las oportunidades y amenazas que existen sobre éste, en conocer la historia de la ciudad, de ciertas tipologías arquitectónicas, entonces la participación ciudadana se vuelve propositiva y activa la regeneración barrial que finalemente devuelve de alguna manera la vitalidad de hace un siglo atrás.

 

 

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