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VALPARAISO: La crónica de un borde costero anunciado

17-Aug-2012

Ante la revisión de titulares, crónicas y artículos sobre el tema borde costero porteño, desde los noventa hasta hoy, la incógnita queda instalada, en una zona que hoy representa el activo más importante para una ciudad cuyo déficit en inversión pública es reconocible en toda su extensión. Por Gonzalo Undurraga Arquitecto.

 

Luego del Cabildo Abierto (1991) que derivó en la ejecución del Acceso Sur (2007), existía consenso ciudadano en la necesidad de consolidar la relación del habitante de Valparaíso con su mar.

 

Tras la apertura al uso público del muelle Barón (2002), surgían varios anuncios de obras, siendo el de la remodelación del eje Plaza Sotomayor – Muelle Prat (2007) la gran vuelta de tuerca para un sistema que ya venía restableciendo el vínculo marino con la ciudad desde sus extremos, con sendos paseos remodelados, el Altamirano y el Wheelright (2007 – 2008). Y como broche de oro, la idea de Puerto Barón (2000) en un sector históricamente relegado al uso ferroviario – portuario, maravillaba por su magnitud y significancia: vivir la experiencia fantástica de estar en primera línea frente al mar, con un programa e infraestructura de primer nivel como soporte.

 

Sin embargo y en sintonía con las bases de la ciudad que ya se habían pronunciado en el histórico “Puertazo” (1999) un grupo de ciudadanos comenzaba a cuestionarse la idea de Puerto Barón, cuadrándose con este movimiento que clamaba la necesidad de una intervención del Estado a todo nivel, antes que someterse al advenimiento del desarrollo según el modelo existente. Ergo, sonaban las alarmas tras la adjudicación de la licitación por el único oferente tras la elaboración del Master Plan, el Grupo Plaza (2006). El desafío quedaba en manos de un poderoso operador de centros comerciales, mandatado por una empresa del SEP encargada de mover contenedores. Algo muy distinto a la dinámica puerto – malecón pegada en la retina de los más recalcitrantes y parte importante del imaginario recogido por la UNESCO en su nombramiento como Patrimonio de la Humanidad (2003).

 

El Municipio aprobaba un seccional para ampliar la ciudad dentro del recinto portuario, en medio de la modificación que le bajaba el perfil neo liberal a la Ordenanza Local (1984) y la altura a todo el anfiteatro (2004), lo que claramente estrechaba las condiciones de implementación que pretendía en un principio el Grupo Plaza para su nuevo negocio. Esto generaba un gallito descomunal entre la D.O.M y el equipo del consorcio Santiaguino, que recurría a toda su creatividad para sortear los obstáculos.

 

La agudeza del grupo ciudadano, parapetado en un avanzado diagnóstico del compuesto orgánico, social y económico de la ciudad, sumado a las falencias del marco legal ante esta sucesiva aparición de agentes exógenos, le permitía echarse al hombro la titánica tarea de detener el avance del mega proyecto.

 

Del mero rumor surgía el debate de una elite naciente, mezcla de nuevos emprendedores para los que llegaba la hora de cambiarle la cara al viejo Pancho y otros, nietos de otros emprendedores quizás, que opinaban que esto significaba el peor de los síntomas en materia de políticas públicas, cuidado del patrimonio y desarrollo para la ciudad. Surgían las voces de académicos y especialistas. Las escuelas de arquitectura y los institutos de investigación intentaban levantar información y terminaban evocando la teoría del caos para sortear la “problemática”. Mientras, para la mayoría la problemática seguiría siendo las plagas, la basura, la accesibilidad a servicios básicos y el desempleo. Desde ahí que la pobreza sería la piedra angular de la discusión y la elite se justificaría a si misma adoptando un tono autocomplaciente basada en una cierta inmunidad social y económica en medio de una infraestructura que de tarde en tarde se caía a pedazos.

 

Entre tanta opinología y mitología urbana cruzada, los componentes de esta trama porteña comenzaban a diluirse en una maroma de sofismos, interpretaciones, terminologías, visiones y clarividencias, seguida de cuestionamientos a contratos, ordenanzas, decretos y acuerdos que en la transitoriedad de su validez y aplicabilidad hacían poco a poco aparecer el fantasma de la no viabilidad para todas las vocaciones de una ciudad por siempre compacta, compleja, pobre y demasiado honrada, con un legado urbanístico inconcluso, vetusto, frágil y sin contacto con el mar del cual había surgido. Una reliquia colgada a un puerto pequeño, ahora modernizado y eficiente, pivote de un futuro corredor bioceánico.

 

Los porteños mientras tanto miraban incrédulos los modelos de este borde costero anun